sábado, 10 de mayo de 2008

El colmado de Cesario y Argimiro

Mi familia vive en un piso sito en un peculiar bloque de la Gran Via, en Vigo

Es peculiar porque fue erigido en una época olvidada, en la que el despotismo de los constructores no era aún el sistema político dominante en nuestro país

En muchas de sus fachadas luce el granito gallego, no en baratas láminas, sino en generosos bloques formando parte de columnas, balaustradas y pináculos

Seis edificios adosados abren sus puertas a un gran patio rodeado por soportales asemejando en cierto modo el claustro de un convento. Algunos afortunados, como es el caso de mi abuela, disfrutan de espaciosas terrazas, cuya superficie de unos 80 metros cuadrados, le sirve para mantener su aficción a la jardinería

Los seis edificios forman una U que rodea el patio. El cuadrilátero -de un cuarto de hectarea, aproximadamente- queda cerrado por una nave de altura inferior a los edificios residenciales, que aloja diversos establecimientos comerciales

El más significativo de todos ellos fue, durante mi infancia, la mugrienta tienda de ultramarinos de dos hermanos llamados Cesario y Argimiro, también conocidos como "Los Chicos". He olvidado cual era, si la había, la razón social de la empresa. Un rótulo demasiado oscuro a fuerza de abandono dificultaba la tarea de saberlo

Ya en mi tierna infancia los tenderos tenían poco de "Chicos". Eran dos tipos de mediana edad tan dispares que se podía dudar de su verdadero parentesco. Argimiro era delgado, de ademanes sutiles e incluso amanerados. Atildado y meticuloso, siempre a la pesca de alguna ganancia de poca monta, se encargaba de la contabilidad y de la gestión del negocio

Cesario en cambio, era tosco, con un físico simiesco y un rostro de Cromagnon. Bonachón y simple llevaba a cabo las taréas más duras y desagradables. Se levantaba a las 5 de la mañana para recoger las mercancías en la plaza de abastos. Controlaba el stock e invariablemente se encargaba de subir al "altillo"

El altillo era un exiguo espacio encima del local, bajo el tejado de uralita, que servía de almacén. Se accedía a él subiendo por una escalerilla y atravesando una abertura en el techo. La escasa altura obligaba a arrastrarse por un exiguo espacio para alcanzar cualquier item. Todo esto lo sé por deducción, ya que nadie subía al altillo excepto Cesario.


Argimiro, en último caso, ascendía por los peldaños hasta meter medio cuerpo en el altillo y cogía desde allí lo que pudiese alcanzar. Para todos los demás mandados se recurría a Cesario, y si no estaba en aquel momento disponible se le esperaba


Cesario y Argimiro vendían de todo. Desde bombillas a quesos de bola. Detergente o membrillo a granel. Golosinas en polvorientos frascos de plástico, "cropanes" y "panteras rosas" eran la mercancía que más interesaba a mi y a los otros niños "del patio"

Gastabamos nuestro capital en "Cesario", otro de los nombres extraoficiales dados al establecimiento. No había realmente muchas alternativas para dirigir nuestro

1 comentario:

Cintia Lobato dijo...

Yo si q subia al altillo sin entrar,claro,y el nombre de la tienda era hermanos marin o algo asi,era su apellido.Tampoco te olcides de Paco,el repartidor.Eran y siguen siendo muy buena gente,menos Paco q ya no esta entre nostros.Yo fui una de esas ninas del patio y donde ibamos a su bano cutre a llenar los globos de agua y por supuesto a gastarnos nuestra paga en golosinas